DE LO UNIVERSAL A LO PARTICULAR: Esencia y personalidad, Unicidad y multiplicidad, Cielo y Tierra,Yang y Yin.

 

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En el aspecto Universal de la creación TODOS SOMOS UNO y a través del despliegue de la manifestación devenimos en individuos particulares, actuantes en el plano de la multiplicidad, pero guardando en el corazón el tesoro de nuestro origen y destino: el espíritu inmortal (el Emperador), mensajero celeste que gobierna la máquina humana en sus múltiples aspectos.

 

Somos rayos de luz (con naturaleza doble: onda y partícula) procedentes de la fuente primordial, del Uno, de Dios, del Santo Sol Absoluto, principio y origen de Todo lo manifestado. Viajeros en el éter, como luz viva buscando el camino de retorno, al depositarnos en la forma material, como si de un espejo se tratase, nos manifestamos como entidades reflejadas que articulan una aparente identidad propia o personalidad (yo inferior), agrupada en torno al espejo de la forma y matizada por las impurezas que en el se depositan. Esa imagen especular retenida en la LUNA del espejo es mas ilusoria y fantasmagórica que  REAL. Al aterrizar (la Tierra es un satélite, una luna, del Sol) quedamos atrapados, en el plano formal, por la fuerza de gravedad que gobierna la materia.

 

Por eso en muchas tradiciones se habla de pulir el espejo o de mantener las aguas en calma (para poder VER sin ALUZINAR -ALUNIZAR) para que la luz primordial no quede atrapada en la luna del espejo que representa la dimensión formal, sino que sea devuelta incólume al Padre, a la Fuente Primordial, facilitando ese viaje de retorno. Lo mismo sucede en un agujero negro estelar en el que la densidad y el poder atractivo es tan fuerte que no deja escapar la luz.

 

En el saber antiguo (la Tradición) el Sol, como representación de la unidad, solo tiene UN (1) aspecto, el luminoso, y su opuesto, la Luna, como representación de la dualidad (2) y de la multiplicidad en general (los 10.000 seres del Tao Te King) tiene dos aspectos, uno oscuro, la luna negra (luna nueva), y otro luminoso, la luna blanca (luna llena). En la mitología cristiana la luna blanca es la Virgen María y la luna negra es Eva (una nos redime y la otra nos condena, una nos permite encontrarnos y la otra nos pierde), en la mitología judía son Eva y Lilith, en la griega la Venus Urana y la Venus Pandemos, etc.. La Luna blanca no roba la luz sino que la devuelve a su origen, es como una buena madre que permite a su hijo seguir su propio y auténtico camino. Ella solo lo ALUMBRA, y después lo cuida (mater amantísima) y lo nutre (mater nutricia), hasta que el vástago es capaz de desenvolverse por si mismo y crecer. La Luna negra atrapa la luz en su interior, valiéndose de su fabuloso poder atractivo, y, de se modo, facilita la existencia de la personalidad, que a pesar de su naturaleza ilusoria y temporal, lucha por sobrevivir manteniéndose en el poder e impidiendo que la esencia emerja de su ocultamiento para tomar las riendas y conducir al animal humano por el camino de retorno, transformándolo en un verdadero Ser Humano.

 

La verdadera función de la personalidad anímica es servir de matrona para el renacimiento de la esencia, asumiendo su papel limitado y mediador. Esto nos lo muestra muy bien el mito de Artemisa (la luna) y Apolo (el Sol), hermanos gemelos hijos de la diosa Leto, descendiente de los Titánides ( hijos del matrimonio del Cielo y la Tierra , Urano y Gea), y de Zeus (padre de los dioses y dios del rayo y del trueno: el fuego celeste). Artemisa nació primero y después ayudó a su madre a alumbrar a su hermano gemelo, Apolo (A-polis, negación de la multiplicidad es decir el Uno, la unidad).

 

El trabajo consciente sobre uno mismo, hoy conocido como crecimiento personal y antaño enunciado, en las escuelas de los templos,  como el conocimiento de uno mismo, representa esa ardua labor de pulir el espejo, de ser cañas huecas por las que viaje el fluido celeste, la bendición del Cielo, en su peregrinar a través del universo manifestado, sin contaminarse,  preservando el mensaje original que anima los mundos en su constante devenir.

 

En verdad no somos la forma, no somos el espejo, esta estructura es solo un medio, un intermediario necesario, un soporte para que nuestra esencia se manifieste en este mundo material. Y aún no siendo realmente ella, debemos purificarla, clarificarla, pulir el espejo y aquietar las aguas, y, con este trabajo consciente, ponerla  al servicio de la causa original: esa luz espiritual que es la raíz de nuestra naturaleza ( esencia, ser, espíritu, yo superior, etc..).

 

Nuestro cuerpo físico con sus cuatro estados coexistentes e interrelacionados: sólido, liquido, gaseoso y etérico o energético, simbólicamente representa el espejo; la imagen que en el se retiene, mas o menos desfigurada por las impurezas del medio ambiente, es nuestra alma o cuerpo sutil (plano psíquico), con sus agregados mentales, emocionales e instintivos; y la luz (numen o causa) que posibilita todo el fenómeno es nuestra esencia o SER REAL ( el espíritu), que en su propia naturaleza no se diferencia de la unidad original.

 

El Artista de Dios extrae con su trabajo paciente y virtuoso la divina esencia (divina presencia) que reside oculta en la forma cúbica de la piedra que esculpe, esa es la labor a la que esta destinado y por la que finalmente será coronado y recibido como el hijo pródigo que retorna al hogar paterno.

 

Hecho a imagen y semejanza del Padre Celestial pero perdido y olvidado de Sí por la fuerza atractiva del lado oscuro de la Materia, anduvo extraviado, movido irremisiblemente por una nostalgia insaciable y desconocida hacia el encuentro de su destino. A través del trabajo consciente susurrado en los sueños por los sabios de todos los tiempos y del estudio de los textos sagrados, recuperó la memoria, reconociéndose como heredero de la Luz y asumiendo que no hay nada que hacer pues   ya esta todo hecho, tomó lo que era suyo por nacimiento y lo compartió con todos nosotros, pues TODOS SOMOS UNO AQUÍ Y AHORA, aunque tengamos que dar la vuelta al mundo un millón de veces hasta lograr comprenderlo y vivenciarlo.

 

 

OCTUBRE 2003

 

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