VIVIR ES SALUD:

la búsqueda del equilibrio, entre la Psicología y la Religión

 

Un solo día de la vida de una persona que comprenda cómo todas las cosas surgen y se desvanecen, vale más que cien años de la vida de una persona que no comprende cómo las cosas surgen y se desvanecen....

DHAMMAPADA (s.III a.C., texto sagrado budista)

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

BERTOLT BRECHT (1898-1956)

 

Desde la perspectiva de una sociedad enferma en un planeta enfermo el concepto de salud cobra cada día más interés. La dificultad para la sociedad humana estriba en la limitación temporal: el planeta se autorregula en ciclos que distan mucho de la edad media humana y sus desequilibrios y posterior regulación casi se pueden cuantificar en eras geológicas, en millones de años. El planeta como entidad, se autorregula y evoluciona manteniendo su integridad global más allá de la supervivencia de especies puntuales que colonizan su ecosfera, incluida la especie humana que apenas cumple unos cuantos cientos de miles de años sobre la faz de la Tierra.

 

Es ya conocido que estar en salud es el estado natural de cualquier ser vivo, siempre teniendo en cuenta que el equilibrio es balancearse entre los extremos. Por tanto podemos considerar natural la dinámica enfermedad-salud ya que se trata del movimiento entre dos polos, del que resulta la homeostasis de los organismos con su medio. Lo que ya no es tan natural es la cronificación de los estados patológicos que implica estar escorado constantemente hacia la enfermedad, sin posibilidad de recuperar el equilibrio vital. De este modo, la enfermedad, se convierte en una suerte de equilibrio precario que es la única estrategia viable para el mantenimiento de la vida en esas circunstancias.

 

El estado de salud óptimo solo se puede dar cuando todos nuestros niveles bioenergéticos constitucionales están alineados y nuestros diferentes combustibles (cualidades energéticas) se consumen adecuadamente, es decir cuando pensamos, sentimos y actuamos en la misma dirección. Esta situación implica algo muy difícil de encontrar, la unión del cuerpo y del ego, considerando el ego como nuestra realidad subjetiva. Ken Wilber llama a esta situación el estado de centauro (instinto, emoción y pensamiento caminando juntos, aunque el hombre cabalga a la bestia), y la práctica de numerosas terapias humanistas pretenden alcanzarlo: Gestalt, Bioenergética, etc, e incluso la propia terapia craneosacral, a través de la conciencia corporal, busca aproximar al paciente a este estadio de armonía y conjunción integrada psicosomática. Llegar hasta este estadio es toda una proeza pero, desde luego, no es el final del camino, el sendero sigue avanzando entre nuevos paisajes.

 

Dejando a un lado el punto de vista ancestral de las tradiciones espirituales, que, para la sorpresa de muchos, continua siendo vigente en nuestros días, la psicología que, desde el lado de la ciencia, quiso coger el testigo a la religión en cuanto al estudio de todo lo relativo a la psique (campo tradicionalmente ligado al alma y al espíritu) ha dado frutos muy jugosos que acercan el conocimiento tradicional a los hallazgos científicos.

 

El primero en percibir que existía una energía , a la que llamó orgón, relacionada íntimamente con la sexualidad, que circulaba por nuestra anatomía alimentando nuestra vitalidad y provocándonos bloqueos cuando se estancaba, fue Wilhem Reich (1897-1957), discípulo de Freud. Para Reich la relación con el medio determinaba una serie de resistencia en las estructuras físicas corporales, sobre todo a nivel musculoesquelético, en torno a determinados segmentos cefalocaudales bien descritos por él (sentidos, paladar, garganta, tórax, diafragma, abdomen y pelvis), que finalmente creaban lo que Reich definió como la coraza caracterológica. De alguna manera, estas resistencias conllevaban restricciones y bloqueos energéticos que finalmente se materializaban en el sistema musculoesquelético voluntario y organizaban la forma corporal de los individuos, generando una serie de biotipos constitucionales con facilidad para determinadas patologías.

 

Otro psicólogo, Abraham Maslow (1908-1970) mientras trabajaba con primates, muy al principio de su carrera, descubrió que de cara al equilibrio psicosomático ciertas necesidades prevalecen sobre otras, elaborando su conocida pirámide de necesidades que nos puede ayudar a explicar la evolución de las sociedades y los individuos en cuanto a prioridades e incluso patologías asociadas:

 

  1. En la base de la pirámide están las necesidades fisiológicas elementales: alimento, descanso y sexualidad.
  2. Seguidamente aparece la necesidad de seguridad, la búsqueda de protección y refugio que conlleva mantener en el tiempo el acceso a cubrir las necesidades biológicas.
  3. La necesidad de pertenencia a un grupo, de relación, amistad, en suma de relaciones afectivas inmersas en un colectivo que también garantiza el cubrimiento de las necesidades anteriores.
  4. La necesidad de autoestima (reconocimiento, aprecio, dignidad, confianza, sentirse valorado, etc...) en el seno de ese grupo protector.
  5. El último nivel esta relacionado con la satisfacción de las necesidades del Ser. Una vez cubiertas las necesidades ordinarias, aparece la necesidad de autorrealización, relacionada con la creatividad, la espontaneidad y la aceptación de uno mismo.

 

En esta línea de argumentación, podemos concluir que a pesar de existir una fuerza vital que guía a todas las criaturas hacia la consecución plena de sus posibilidades, también existen fuerzas adversas que se cruzan en este camino de realización y pueden impedir el desarrollo completo de esta vitalidad implícita que nos empuja a Ser:

 

Si somos privados de nuestras necesidades físicas, si vivimos bajo circunstancias amenazantes, si estamos aislados de los demás, sino tenemos confianza en nuestras habilidades, podremos seguir sobreviviendo pero no viviendo.

 

Aunque siempre existen personajes excepcionales que logran el éxito en medio de la adversidad, siendo calificados por ello de héroes, y su actividad consciente colabora a propiciar cambios globales y transcendentes en las sociedades de su época.

 

Es también otro psicólogo, Carl Rogers (1902-1987) creador de la Terapia centrada en el paciente, que después generó toda una corriente psicoterapéutica de carácter humanista y existencial, quien describe a la persona sana como una persona funcional al completo y postula que los organismos saben lo que es bueno para ellos ( la sabiduría organísmica). Según él, las características de una persona saludable serían:

 

  • Apertura a la experiencia: penetrar la vida y dejarse penetrar por ella en base a una valoración organísmica.
  • Vivencia existencial: vivir aquí y ahora
  • Confianza organísmica: debemos confiar en nosotros y hacer aquello que creemos que esta bien, aquello que surge de forma natural.
  • Libertad experiencial: reconocer el sentimiento de libertad y, a pesar de las limitaciones y el determinismo, asumir la responsabilidad de las oportunidades que surjan a nuestro paso.
  • Creatividad, plasmada en todos los aspectos del hacer: transmisión del conocimiento, vida familiar, trabajo, arte, etc...

 

En esta línea del discurso, Rogers, plantea que el terapeuta debe reunir al menos tres cualidades básicas:

 

  • Congruencia: genuino, honesto, auténtico.
  • Empatía: ser capaz de sentir lo que siente el paciente.
  • Respeto: aceptación incondicional hacia el paciente.

 

También desde el campo de la psicología, ha sido Ken Wilber el que ha acuñado el término integral y transpersonal para definir su punto de vista en este campo del conocimiento, tratando de acercar oriente a occidente, ciencia a religión. Desde esta perspectiva, Wilber, ha relacionado el espectro o despliegue de la conciencia con la aparición de las restricciones y las patologías.

 

En su interesante hipótesis, Wilber, plantea que desde la no dualidad original, en la que todos somos uno, se ha ido, en el proceso de consolidación creativa, generando demarcaciones o fronteras que implican, en si mismas, líneas de restricción. Estas líneas serian como diques impuestos a un Océano de Conciencia.

 

Los niveles de este espectro de conciencia serían:

 

  1. No dualidad indiferenciada primordial: uno con el absoluto.
  2. Individualidad no dual: nivel del testigo.
  3. 1ª división entre el observador y lo observado, en el que el observador conserva la unidad mente-cuerpo pero ve el medio como algo ajeno a él. Es un ser organísmico: el centauro de Wilber.
  4. 2º división, en el que observador diferencia su cuerpo del ego sintiente y pensante con el que se identifica.
  5. 3ª división, en la que el ego se divide en persona y sombra, guardando la sombra todos esos aspectos que rechaza de si misma la persona. La sombra pertenece al inconsciente y el yo consciente se identifica con la máscara.

 

Al final de este proceso de alejamiento de origen y de fraccionamiento de la unidad primordial, si representamos a la unidad como un círculo y lo dividimos en arcos de 45º , la persona solo representaría 1/8 (45º,) de este círculo, el resto permanecería en el inconsciente, empujando para emerger y hacerse consciente.

En esas fronteras que se van estableciendo y van fraccionando nuestra unidad original es donde se sitúan las resistencias y restricciones. Estas restricciones llevan consigo la aparición de síntomas que son el reflejo o proyección hacia el exterior de las tensiones y resistencias internas, del mismo modo que proyectamos en los demás aquellos aspectos que rechazamos y no aceptamos de nosotros mismos.

 

Por último, para ir concluyendo, quiero añadir las aportaciones que hace al tema, desde el punto de vista de la práctica terapéutica, Christian Flèche en su libro El cuerpo como herramienta de curación (Ediciones Obelisco Barcelona 2005):

 

Terapeuta

 

Recuerda que el mejor lugar para atender

a los pacientes es la consulta.

El mejor profesor es el paciente

El mejor libro es lo que sale por su boca

El mejor remedio está en él

Y la enfermedad es lo que mejor lo cuidaba

hasta que te encontró.

 

Respeta todo eso:

La consulta

El paciente

Sus palabras

Su enfermedad

 

Y te curarás de tu necesidad de cuidar,

de llenar tú vacío.

 

Vale más escuchar que hablar demasiado,

vale más ser curioso que estar demasiado seguro de uno mismo.

 

Porque, muy a menudo, el cuidador se cuida

poniendo enfermo al otro.

 

Tienes que saber que no sabes nada y lo sabrás todo.

 

No queremos terminar este artículo sin compartir con vosotros/as nuestro punto de vista en relación al sentido que tiene todos este despliegue de conciencia, de lo más sutil a lo más grosero, y su camino de retorno al origen acompañado de un rosario de desequilibrios asociados a nuestras resistencias. ¿Por que toda esta Odisea en post de una Ítaca oculta por las brumas del inconsciente, pero siempre presente en nuestros sueños y en ese impulso que nos mantiene permanentemente al filo de la búsqueda y el progreso evolutivo? ¿Por que? Muchas veces nos lo hemos preguntado y finalmente hemos de concluir reconociendo que Quien nos creó no quiso que fuéramos eternos niños ignorantes de sus posibilidades y permitió este proceso de autorrecreación y responsabilidad que supone la vida, en el que, tras un largo peregrinaje, poder recuperar la espontaneidad, la libertad y el vivir aquí y ahora, pero no en la ignorancia del infante sino con la conciencia de un adulto dueño y señor de Si Mismo:

 

Solo quien ha estado prisionero es capaz de valorar la libertad

 

 

 

GRUPO NAIAD

Enero 2006

 

 

 

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