DEL ANIMAL HUMANO AL SER HUMANO

 

A lo largo del proceso evolutivo han ido emergiendo capacidades que han permitido la paulatina transformación de la vida,  desde la primera bacteria hasta la actual diversidad biológica. En este recorrido el animal humano representa la cúspide de la pirámide biológica

 

En este progresión multifacética de la vida y su evolución, todavía se están fraguando posibilidades latentes de superación en cada uno de sus elementos, y especialmente en cuanto a la humanidad se refiere. Todas las etapas evolutivas y sus logros se manifiestan en nuestra constitución, tanto a nivel neurológico y corporal como a nivel psíquico. Mac Lean ya delineo su conocido esquema tricerebral:

 

  1. Tronco cerebral: cerebro reptiliano.

 

  1. Sistema límbico: cerebro mamífero antiguo.

 

  1. Neocórtex: cerebro humano y de los mamíferos más desarrollados.

 

A su vez otros investigadores asocian estas estructuras cerebrales a otros aspectos embriológicos, orgánicos, energéticos , constitucionales y caracterológicos que no vamos a tratar en este momento.

 

Todas las cualidades relacionadas con los diferentes estratos encefálicos, no se excluyen las unas a las otras, sino que las superiores integran a las inferiores y cada una mantiene independientemente su función, necesaria para la supervivencia:

 

  1. El instinto reptiliano es la base de nuestras funciones automáticas e inconscientes imprescindibles para la vida y la adecuación permanente con el medio ambiente.

 

  1. Las emociones, gobernadas por el sistema límbico, como su propio nombre indica, son impulsos que nos mueven en alguna dirección y emergen, en nosotros, con la aparición de la memoria explícita, que nos permite comparar estímulos agradables y desagradables. Una vez mas se trata de una relación con el medio para sobrevivir, siendo el origen biológico de los afectos. Aunque pueda parecer una tanto frío y materialista, todos esos valores fundamentales que sustentan nuestra cultura y civilización se remiten a nuestros orígenes animales: propiedad, familia, patria, honor, valor, consumo, etc.. Todos estos elementos, en general, son reminiscencias, más o menos elaboradas, de nuestra animalidad.

 

  1. Por su parte el pensamiento reflexivo, gobernado por el neocórtex, es la última creación evolutiva y nos sirve para tomar distancia de los estímulos externos, genera la imaginación y el pensamiento abstracto, y con ello la posibilidad de plantearnos ideas mas allá de los condicionantes y los determinismos del medio ambiente.

 

Es en nuestra facultad de abstracción e imaginación, donde anidan cualidades emergentes que significaran nuestro paso definitivo del animal humano al Ser Humano, de la supervivencia a la pura vivencia. De momento nuestro pensamiento, como Humanidad, esta decantado mayoritariamente más al servicio de impulsos relacionados con emociones y con instintos que al servicio de las ideas, los ideales. Esos ideales han sido tildados de utópicos o de pájaros en la cabeza por los pragmáticos de todos los tiempos, pero representan el horizonte o el cielo de nuestro recorrido vital.

 

Realmente la emergencia de un nuevo estado no condicionado, en relación al medio externo, y por tanto no determinado, estará liderado neurológicamente por nuestro neocórtex y será el producto de una sutil alquimia entre el instinto , la emoción y el pensamiento. De este proceso, que ya se esta dando, emergerá por primera vez, de forma más generalizada, una verdadera cualidad humana imposible de reproducir por ningún tipo de animal, humano o no: el amor incondicional.

 

Todo tránsito evolutivo, como cualquier proceso natural, no se de la noche a la mañana, sino que pasa por todos los matices, desde su ausencia hasta su final preponderancia. Se ha ido mostrando poco a poco, primero en unas pocas individualidades (maestros, filósofos y líderes) y después ha tomado forma en aspectos cualitativos que, aunque parciales, portan la semilla de lo que ha de ser (movimientos sociales y diversas organizaciones). Ese amor incondicional que nos ha de transformar, permitiéndonos dar un salto evolutivo desde el animal al auténtico Ser Humano, es totalmente ajeno al medio externo, aunque fue necesario una largo proceso en la naturaleza para que fuera posible e imaginable su emergencia e instauración.

 

Hoy, ese amor incondicional, va mostrando sus pinceladas en cualidades emergentes que están manifestándose en el seno de la sociedad mundial: aceptación, solidaridad, apoyo mutuo, compasión, comprensión, humildad, servicio, respeto, confianza, buen talante, no violencia, pacifismo, conciencia ecológica, cooperación, trabajo en equipo, tolerancia, etc... En suma, un rosario de virtudes incipientes que vistas una a una, quizás no nos digan demasiado, pero que, en conjunto, cobran dimensión y delinean los albores de un sueño secular: libertad, igualdad, fraternidad, progreso, justicia, paz...

 

Ese amor incondicional, es una cualidad que todas las tradiciones ancestrales han atribuido a nuestra naturaleza espiritual, y que según todos los transmisores, de dichas tradiciones,  siempre ha estado ahí, esperando pacientemente el momento adecuado para resurgir.  

 

Hay una imagen alegórica, rescatada de la tradición y trasmitida en nuestros tiempos por Gurdjieff, que describe la constitución del ser humano, y la compara a un carruaje tirado por caballos, guiado por un cochero que conduce a las ordenes de un amo oculto en el interior de la cabina. El mecanismo del carruaje representa el cuerpo físico, los caballos son los instintos y las emociones, el cochero es la mente, todos ellos servidores del único Señor, el amo de toda esa estructura, el Ser, nuestra naturaleza espiritual, ajena a todo lo externo y revestida de diferentes capas para poder manifestarse en el mundo material. Podríamos resumir este proceso, conviniendo que el Principio Creador inició el proceso de creación partiendo del estadio más sutil y concluyendo en el estadio de máxima densidad. Después, las criaturas engendradas en esa proceso, iniciamos, al comienzo de forma inconsciente, un camino de vuelta al origen, de retorno,  un camino de recreación o descreación que nos devuelva a esa unidad primordial que jamás ha dejado de ser, y que explica esa atracción inexorable y cálida, que se manifiesta en amor y compasión hacia todo cuanto existe y que nos empuja , más tarde o temprano, a volver a la casa del Padre y abrazar nuestra auténtica naturaleza.

 

Posiblemente, estemos ante el amanecer de un mundo nuevo, en el que las luces y las sombras matizaran bellos horizontes tras los que aventurarnos para seguir creciendo.

 


Francisco Sánchez  Molinero

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