QUE SEA LO QUE DIOS QUIERA

 

Secularmente los poderosos han oprimido a quienes debían proteger, a los pueblos a los que decían representar por derecho divino y que eran la base que sustentaba su poder. La codicia, refugiada tras una supuesta sangre azul y una noble cuna, era el alimento de un selecto grupo de aprovechados y oportunistas, que no estaban, para nada, dispuestos a colaborar con el plan divino, sino solo a hinchar sus arcas y las de sus descendientes y a disfrutar sin freno de todo tipo de placeres.

 

Esto funcionaba así tanto en la nobleza como el clero que se atribuían ese favor divino y , en oriente, igualmente se daban estas situaciones, entre otras, en el sistemas de castas hindú, a pesar del pretendido origen sagrado y espiritual de estos estamentos. Es cierto que los hombres y mujeres santas de todos los tiempos estaban por encima de esas limitaciones temporales y ejercitaban su papel iluminador mas allá del credo, tradición o cultura de su lugar de nacimiento, siendo en muchas ocasiones perseguidos y aniquilados por los hombres de religión, que no religiosos, y los políticos que configuraban el status quo de su época. Así nos encontramos con San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Asís, Ibn Arabi, Al Gazali, Rumi, Gautama Buda, Hallaj al Mansul y muchos otros que crecieron e iluminaron a la humanidad enfrentándose a las estructuras dominantes.

 

En muchos círculos espiritualistas se alaban épocas, como la edad media europea, por su, aparente, sometimiento al poder de Dios, en contraposición a la modernidad que abrazo la Razón y la Ciencia en detrimento del Espíritu. Igualmente sucede con la antigüedad clásica grecolatina, con la India y sus sistema de castas, con el Japón feudal y el bushido, etc... Esta admiración por esas edades en las que convivía la luz espiritual con el abuso de poder, la esclavitud, el servilismo y muchos otros males de aquellos tiempos es  una visión parcial y contradictoria. La verdadera religión era abrazada solo por unos pocos sabios mientras que la religión que determinaba la vida de la mayoría era manipulada por elites poderosas en su propio beneficio. Al pueblo solo le quedaba la resignación y la esperanza de un mundo mejor después de la muerte: la recompensa del paraíso.

 

En pleno siglo XX el psicólogo Abraham Maslow (1908-1970) para comprender la evolución de las sociedades y del propio individuo nos regala, producto de su investigación, con su conocida pirámide de necesidades:

 

  1. En la base de la pirámide las necesidades fisiológicas elementales: alimento, descanso y sexualidad.

 

  1. Seguidamente, en un segundo escalón, aparece la necesidad de seguridad, la búsqueda de protección y refugio que le garantiza cubrir en el tiempo las necesidades primarias.

 

  1. En el tercer escalón, la necesidad de pertenencia a un grupo en el que se puedan dar las relaciones afectivas.

 

  1. En cuarto lugar, cada vez más alto en la pirámide, la necesidad de autoestima (reconocimiento, aprecio, sentirse valorado, etc...).

 

 

  1. Y por último, en la cúspide, esta todo lo relacionado con la satisfacción de las necesidades del Ser: la transcendencia.

 

Una vez cubiertas las necesidades ordinarias aparece la necesidad de autorrealización.

 

Estas conclusiones de Maslow nos lleva a pensar que la comprensión intuitiva de la divinidad y su plan así como de nuestro origen divino y de nuestro destino, aquí y ahora en el planeta, hecha de forma consciente previamente necesita de una serie de condiciones que tienen que ver con la transformación del medio exterior, natural y social, y este proceso conlleva algunas revoluciones básicas que traen transformación y progreso: desde la revolución neolítica a la tecnológica, pasando por todo un rosario de revoluciones sociales que subvirtieron el orden establecido

 

Ese progreso paulatino jalonado por revoluciones de distinto tipo y grado es impulsado por la presión interna, espiritual, de los individuos que les empuja constantemente a mayores cotas de comprensión y libertad, estimulada esta presión interna por la presión externa del medio, tanto de elementos naturales como sociales: nos crecemos ante la adversidad. . Esta inquietud interna que constantemente nos alienta a buscar y comprender es como una brújula grabada en cada una de nuestras células que nos orienta en la vida.

 

El Espíritu busca la libertad desde el cuerpo que habita y nos impulsa a progresar. Dios no nos pide resignación sino progreso y sus criaturas, siguiendo la pirámide de Maslow, se acercan mas y mejor a Él cuanto más auténticamente libres son. Dios no es oscurantismo es luz, y la luz es libertad, no esclavitud. La luz se abre camino, como el agua, por las rendijas mas pequeñas logrando, finalmente, iluminar los rincones más recónditos, recordándonos que tenemos un origen y un destino hacia el que caminar, sin prisa pero sin pausa, poniendo la otra mejilla, si fuera necesario, pero siempre con la cara bien alta y la mirada puesta en el horizonte.

 

Estoy seguro que cada vez que alguien es capaz de enfrentarse a sus propias limitaciones y, por tanto, a los agentes externos que pretenden limitarle, Dios , perdonar el antropomorfismo, sonríe complacido: su hijo esta creciendo y pronto volverá a casa.