EL MIEDO A LA LIBERTAD: de lo conocido y lo desconocido

 

El pavor invade los límites de lo conocido, mas allá océanos de miedo, abismos de incertidumbre, murallas de inseguridad, nos separan de un mundo desconocido, es el Finisterre. Allí la jaula dorada tiene su última estancia y en las tinieblas exteriores no nos espera el chirriar de dientes sino el placer del viaje, la aventura y la libertad de vivir instante a instante, aquí y ahora, asidos a los pechos de la Eternidad, mater amantisima.

 

El pánico a no controlar las situaciones en nuestra vida nos hace aferrarnos a las arenas movedizas, a nuestras falsas seguridades cimentadas en creencias e ilusiones que se deshacen ante nuestros ojos al primer verdadero obstáculo en el camino.

 

Y tras ese control ficticio que nos hace sentir una relativa seguridad - la de un niño escondido bajo las sábanas rodeados de auténticos monstruos que, en el mejor de los casos, no le prestan atención por su insignificancia  y de este modo le hacen sentirse a salvo- el miedo invade los rincones, creciendo invisible y sembrando la enfermedad y la podredumbre en las raíces de la humanidad.

 

Hemos proyectado nuestros miedos en la naturaleza, los espacios libres, la noche, civilizaciones y pueblos perdidos, sociedades secretas, el más allá, la muerte, etc.. Imaginamos puerilmente que el miedo esta en esos lugares —paramos. bosques, cementerios, etc...- y olvidamos interesadamente que el miedo reside en nosotros y nos impide ejercer nuestra voluntad, nos roba la libertad de decidir alegremente, de aceptar y entender, tranquila y juiciosamente, nuestro entorno y nuestro Si Mismo.

 

Incluso para tenerlo mas claramente definido hemos personalizado nuestro miedo en el Mal, poniéndole cuernos, rabo, pezuñas y alas de murciélago: es el diablo. Y hay quienes se han encargado de ubicar al diablo en nuestra pelvis, en nuestro sexo, en nuestros instintos, para de ese modo ejercer un mayor control sobre nosotros y hacernos más productivos para este Sistema del que se benefician solo unos pocos. Esta educación castradora nos ha hecho darle la espalda a una parte de nosotros mismos que representa los cimientos de todo lo que somos aquí y ahora, y sin la que no estamos completos y por tanto no podemos estar sanos ni vivir felices. Nuestros instintos pueden ser un demonio pero también pueden ser un caballo blanco con alas, Pegaso, o un ángel, de hecho se asientan sobre un lugar sagrado, el sacro y son la fuente de la que emana nuestra energía primordial, si ella se agota morimos en este mundo.

 

En lugar de sentirnos parte del Universo y viajar libres en él, hemos preferido quedarnos dormidos como crisálidas en nuestro capullo. Hemos renunciado a la metamorfosis transmutatoria, hemos elegido ser muertos en vida, renunciando a nuestro derecho a volar como bellas mariposas libando del néctar de los dioses.

 

Nuestro entorno lo hemos adornado de elementos que nos alertan, nos asustan. Temores y fantasmas que nos hielan la sangre, nos petrifican, como Medusa y su cabellera serpentina paralizaba a quien la miraba. Sin embargo, si con valor y audacia, atributos que siempre tienen el apoyo del Cielo, como Perseo cortamos la cabeza a Medusa –a nuestros topes limitadores, ese miedo se transformará en libertad, sabiduría y realización. De la sangre de medusa, que tiene el poder de resucitar a los muertos, nació Pegaso y Crisaor : un caballo alado que representa a los instintos sublimados y un guerrero con espada de oro que penetra hasta la verdad más profunda.

 

Mito y Realidad se abrazan para mostrarnos el camino a nuestra liberación.

 

 

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