EL ESPEJO DE LA FORMA: OBSERVARSE A UNO MISMO

 

En el acto terapéutico somos intermediario facilitadores, no es nuestra función forzar ningún proceso.

 

Desde nuestra presencia despierta y compasiva, con toda la atención y la intención de la que somos capaces, debemos acompañar al paciente hacia la toma de conciencia de su papel como agente activo en su propio proceso vital y en el proceso global de la vida.

 

Para ello, durante las sesiones, damos apoyo al ser en tiempo de enfermar que, siendo espectador de su propia historia, se reconoce. Le proporcionamos espacio suficiente y seguridad, y ralentizamos la experiencia para que se de el mayor control posible sobre la misma, evitando la retraumatización por catarsis desmedidas.

 

Decimos que somos reflectores, espejos en los que se observa el paciente, no en soledad sino con un acompañamiento cálido que potencia sus propios recursos. De este modo el paciente se transforma en acciente y toma las riendas de su propio proceso sanador, en lugar de abandonarse a lo que cree inevitable o evadirse para calmar su angustia.

 

La autoobservación siempre ha sido un trabajo psicológico que conduce al conocimiento de si mismo, llevando al buscador diligente al SILENCIO, a la PAUSA, a la QUIETUD, al VACÍO, al PRESENTE, antesala de la ETERNIDAD, y en esa dimensión adecuada, al encuentro de todas las posibilidades

 

“del silencio nacen todos los sonidos,

en la pausa comienzan y terminan todas las acciones,

de la quietud surgen todos los movimientos y direcciones,

del vacío emergen todas las cosas,

el presente es la fuente de todo los cambios,

de la eternidad se desgranan todos los tiempos posibles,

en el centro se cruzan todos los caminos,

desde el fiel de la balanza se abarcan los extremos,

de la prístina luz blanca original se desprenden todos los colores...”

 

Para alcanzar este estado neutral, que en el Zen se le llama mente de principiante, partimos de una imperiosa necesidad interior que reclama ese espacio y de un trabajo personal en el que caben muchos métodos, todos los caminos llevan a Roma, desde cualquier forma de meditación , hasta la oración contemplativa, sin olvidar otros ejercicios y trabajos conscientes recogidos por las diferentes tradiciones del planeta.

 

Para acompañar a otros en este proceso de autorreconocimiento, el terapeuta sanador debe haber iniciado esta andadura para si mismo, e insistir cotidianamente en ella con la pasión del espíritu sediento de SER y SABER.

 

El proceso terapéutico de reflejar, conduce al paciente al aprendizaje de observarse así mismo y de ser testigo imparcial de las energías y fuerzas que lo impulsan en la vida, de sus propios pensamientos, sentimientos e instintos que finalmente articulan sus acciones y condicionan su salud.

 

En relación a la Terapia Craneosacral, el trabajo que mejor se relaciona con estas claves, es el trabajo con la línea media, espacio en el que se alojan todas las posibilidades de ese Ser conformado y manifestado en un cuerpo físico, con unas proporciones, un orden y una salud que guarda su memoria y su plan inherente en esa línea media primitiva.

 

Cuando somos capaces de llegar a la encrucijada en la que se encuentran todas las posibilidades, nos transformamos en ese artista primordial que ve en la materia prima, objeto de su arte, todas las formas y es capaz de rescatarlas con su acción impecable. Y entonces nos transformamos en seres creativos, en auténticos artistas de Dios.

 

 

 

Paco Sánchez Molinero

 

 

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