LA VIDA ES MOVIMIENTO

 

 

La vida es movimiento, y en su corazón  energía y materia, con su unión fecunda y amorosa, hacen posible la creación.

 

Energía y materia, cielo y tierra, masculino y femenino, padre y madre,  yin y yang: parejas de opuestos pero complementarios que al relacionarse permiten la existencia del Universo, compleja criatura nacida de la reconciliación y el matrimonio metafísico de estos dos principios.

 

La materia, como polo negativo de la creación,  se ubica en nosotros en el cuerpo físico, escenario o lugar en lo que todo ocurre. Por ello, para la tradición oriental,  la carne es el tejido del centro, del reino mutante de la tierra, espacio en el que se dan todas las posibilidades y desde el que se pueden armonizar todas las relaciones. Siendo el concepto de carne extensivo al tejido celular subcutáneo y al tejido conectivo que relaciona todas las partes y nos mantiene cohexionados. La virtud de la tierra, y del centro al que simboliza, es el vacío: la vacuidad, y esto sintoniza con nuestra naturaleza esencial que también es el vacío, somos soplos peregrinos, espíritus,  que en nuestro viaje de autodescubrimiento nos hacemos sedentarios y no cargamos de cosas que nos son ajenas, estancándonos y finalmente  enfermando,  para  mas tarde o temprano, ayudados por la dialéctica  salud-enfermedad,  retomar nuestra verdadera senda.

 

La energía, como polo positivo de la creación, la podemos ubicar en nosotros en torno al concepto de espíritu. Aquí cabría matizar diferentes cualidades energéticas que configurarían vehículos tanto universales como particulares, diferenciándose en nuestra constitución:

 

  •  Cuerpo

  •  Alma      y

  •  Espíritu,

 

así como otros campos energéticos subsidiarios de los conceptos anteriores, en los que situaríamos los canales o meridianos de la tradición oriental y el sistema de nadis y chakras hindúes..

 

Las antiguas tradiciones han conocido de siempre que nuestra naturaleza es doble, celestial y terrenal, y que ambos lados se comunican e interrelacionan, precisando los dos  aspectos de atención  por nuestra parte. El respeto a las leyes naturales, a los ritmos de la naturaleza, nos permite mantenernos en equilibrio con el medio externo y con nuestro medio interno, previniendo la enfermedad y propiciando nuestra salud inherente.

 

Nuestra constitución es trina, estamos constituidos por diferentes vehículos y planos que posibilitan la manifestación formal del universo creado. Globalmente podemos hablar en el ser humano ya conformado de

 

  • un nivel instintivo

  • un nivel emocional      y

  •  un nivel mental.

 

En relación a este enfoque se dice que somos seres tricéntricos o tricerebrales.

 

Esta realidad se va a  relacionar con las tres capas embrionarias:

 

  • ectodermo

  • mesodermo     y

  • endodermo,

 

que a su vez mantienen analogías con

 

  • cabeza

  •  tórax      y

  • abdomen,

 

y  a través de ello con los diferentes órganos y tejidos.

 

A nivel energético estos niveles conectan con la entidad energética que la medicina oriental conoce como San Jiao, Triple Recalentador  o Tres Fogones, que surge en el embrión a partir del nudo de hensen y que en su despliegue genera los diferentes aparatos orgánicos:

 

  • génito-urinario,

  • gastro-intestinal      y

  • cárdio-respiratorio

 

 y los correspondientes niveles alquímicos o campos de cinabrio taoístas (Tantien inferior, medio y superior).

 

Todo este entramado va a configurar diferentes tipos constitucionales con perfiles psicológicos muy característicos y respuestas al medio y somatizaciones muy peculiares. Podríamos decir que la concreción en el cuerpo físico de una patología es el resultado de una serie de reacciones a niveles energéticos o sutiles que descendiendo en cascada van afectando a los diferentes sistemas alterando finalmente el organismo físico:

 

  • Sistemas sutiles mentales y emocionales.

  • Sistema energético (Cuarto sistema)

  • Sistema nervioso.

  • Sistema endocrino.

  • Sistema vascular.

  • Sistemas orgánicos y tisulares.

 

En occidente, algunas escuelas filosóficas, psicológicas y/o esotéricas, han dado mucha importancia a un nivel que ellas entendían como superior, el nivel mental o intelectual, menospreciando los niveles instintivos y emocionales, tildándolos  de bestiales e incluso de diabólicos. Sin embargo el diablo  a veces lo encontramos en nuestra cabeza, otras en nuestro corazón y otras en nuestros genitales o entrañas, campa a sus anchas por donde le dejamos manipulando y enredándolo todo. Todos nuestros centros o niveles constitutivos tienen su propia sabiduría, su propio lenguaje y sus propias necesidades que sino son atendidas causan patología o somatización de algún tipo y además contienen una información que debemos conocer y utilizar adecuadamente para estar completos.

 

Nuestro funcionamiento emula al del universo. Somos organismos que bombean constantemente, bombas pulsantes con conciencia, constituidos físicamente por diferentes compartimentos huecos por los que circulan fluidos y otros materiales que precisan de válvulas que faciliten el fluir y eviten el estancamiento. Estas válvulas son los diafragmas y otras estructuras que hacen una función similar.

 

En nosotros se da una constante expansión y contracción, somos como acordeones que para producir su melodía necesitan expandirse y contraerse constantemente, cualquier detención en uno de los extremos produce la enfermedad. El equilibrio es saber moverse entre los extremos y lo que articula   y armoniza esta función dual es la pausa intermedia que para la medicina oriental es gobernada nuevamente por el centro, el reino mutante de la tierra.

 

Expansión y contracción, inspiración y expiración, sístole y diástole, simpático y parasimpático, vigilia y sueño: todos ellos son ciclos internos que se corresponden con ciclos externos y con leyes universales que relacionan el macroscosmos con el microcosmos.

 

Como seres trinos en los que se entrelazan el nivel celeste, el nivel terrestre y el nivel humano cualquier patología afecta a todas estas capas y desarticula nuestra natural equilibrio y dinamismo, distorsionándose  psique y soma.

 

En este marco el terapeuta es un facilitador que ritualiza la función armonizadora del centro, posibilitando que la salud inherente en el organismo del paciente recupere las riendas del cuerpo y se produzca el milagro de la sanación.

 

 

 

 

 

 

 

Alicante, 7 de Julio de 2003

 

 

·        Verónica Fajardo Bernabeu, Osteopata y Terapeuta Craneosacral

 

·        Francisco Sánchez Molinero, Acupuntor y Terapeuta Craneosacral.

 

 

 

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